Mi madre es oscura, cierta melancolía cubre sus retinas como una catarata de pura tristeza gris ajena a su tez chocolate, los harapos que suele portar envejecen su joven figura que se recorta tras las ropas como una definida silueta de sombra china. Mientras su mirada se salpica de dudas y pesares cuando me observa, un destello de furia en potencia parece atenazarle la marcada musculatura de la mandíbula con el sollozo prendido a la garganta. Se llama Charlene, no hay esperanza más cargada de inocencia en todo Haití ni adolescencia más ingenua.
Soy un niño afortunado. El regazo de mi madre es el mejor lecho posible de cuantos hay en Puerto Príncipe. La calidez de su piel y ese particular aroma a almizcle me produce una alegría que me abandona para instalarse justo en la comisura de sus labios. Adoro ver su sonrisa, inmaculada tras su carnosa boca. Gracias a todo esto sobrevivo a las pruebas a las que el destino somete a nuestra existencia en forma de hedor callejero y miedo al mañana, y eso que nací con la premonición de lo que llegaría días después. En un vibrar casi apocalíptico abandoné el calor del interior de mi predecesora para asomarme al nuevo mundo. Noté como sufría en cada empuje que daba con todas las fuerzas que albergaba mientras me daba a luz. Apenas guardó energías para el verdadero terremoto que derrumbaría sueños, anhelos y edificios…
La mala fortuna llegó escrita en el olor a pescado podrido que trajo el viento cálido. Las letras de la tragedia se escribieron en cada crujido de los suelos y paredes, con tintas de color desazón. A cada temblor de la tierra el río de la incertidumbre comenzó a desmembrarse en afluentes cargados de temores y amarga angustia, la vida comenzó a depender del azar únicamente y de la ayuda de iguales que no llegaba a todos los hogares. Los camiones de la fe comenzaron a ser los objetivos del asalto de vecinos y amigos, que guardaban con celo los tesoros conseguidos para racionarlos entre su propio linaje. Cuando la muerte entra por la puerta de tu casa los principios y la ética la abandonan por la ventana. No hubo más opción que el pillaje, ni más alternativa que el hurto raudo de la ayuda de otros para salvar la existencia de los más allegados. Ni culpa ni delito, ni falta ni pecado, ni infracción ni deshonor. Las familias cercanas, mutiladas en mayor o menor medida tras la desdicha, se recomponían como podían, unas con asaltos y otras con ruegos, unas con robos y otras con rezos.
Mamá intentó en vano acometer la tarea del saqueo para alimentarse lo suficiente y así poder amamantarme a diario. El parto le había dejado agotada sin vigor ni lozanía suficiente para tan severa tarea. Así optó por el recuerdo como única salida posible, evocando mentalmente las jornadas lejanas de Cite Soleil. Aquellos días de antaño en los que el único alimento posible eran las galletitas que mi abuela le daba cuando no tenía posibilidad de darle ninguna otra cosa.
Así, con el coraje por bandera y mi cuerpo, agazapado contra su pecho, por armadura, caminó por todo Puerto Príncipe hacia el barrio de Fort Dimanche. Según me relataba en plena ruta allí hacían tan curioso manjar tras comprar los ingredientes en otro barrio llamado La Salines.
- El ingrediente principal viene desde Hinche hasta La Salines y allí, las personas que tienen hornos lo adquieren para hacer las galletitas en Fort Dimanche – me explicaba con cordialidad y casi podía distinguir un ligero atisbo de temor en el reflejo que producían sus ojos con la cegadora luz de aquel día abrasador – Mamá tiene que comerlas para poder tener la leche suficiente para ti, que eres un glotón – acompañó este último comentario rozando mi nariz en gesto cómplice.
De camino a nuestro hogar mamá ingirió dos galletas. Eran gruesas y de la envergadura de un puño, tenían color ceniza. Estaba impaciente, esa noche cenaría abundantemente pues mamá recargaría alimento, y con la cantidad de galletitas adquiridas es posible que tuviéramos para varios días más. El festín estaba asegurado. Me daría un banquete de pecho de una semana completa.
La noche engulló la ciudad dejando el titilar de alguna vela lejana como único vestigio de civilización. El apetito se abría a través de mí con determinación guiando mi boca hacia los pezones agrietados de mi madre. Ansioso engullí la leche materna mientras cerraba los ojos. Un hilillo beis recorría mi barbilla en un cauce irregular para terminar cayendo contra el suelo. Escuché el sollozo de Charlene mientras me acunaba con dulzura contra su tibieza natural. Me preocupé y aminoré en la deglución, absorbiendo con más cautela y menos codicia para evitar el daño que debía estar haciéndole.
- Come pequeño. Siento no poder darte más que lo que quede de estas galletas de lodo, sal y mantequilla. No tengo más que ofrecerte, ni más para alimentarnos. Espero que mi cuerpo camufle su repugnante sabor – me dijo sin parar de llorar.
Yo no lloré y no paré de comer. Continué ajeno a su temerosa declaración y a los retortijones profundos que se revolvían dentro de mí, seguro y orgulloso por tener la mejor madre posible: capaz de alimentarse de barro sólo para poder darme de mamar.