Rafael Nebrera Ruiz

noviembre 12, 2010

A veces

Archivado en: Cajón desastre — Rafael Nebrera @ 1:27 pm

A veces sucede que el tiempo parece detenerse justo delante de tu puerta. Quizá son los finales de ciertas etapas y los comienzos de las siguientes, los que producen ese instante de inflexión en el que todo parece posible.

Esos momentos de las existencias ajenas y de la vida propia son mis preferidos entre tantos; en ellos vuelvo a creer en la magia. Esa hechicería del día a día, cuya existencia verdadera queda patente en una intencionada mirada. Cuando uno atraviesa esos puntos una cascada con mares de alternativas fluyen a favor de la corriente de tus deseos. Entonces se decide. Se decide qué caudal te llevará más lejos o cual será más seguro; qué otro te permitirá crecer y cual te catapultará hacia la realización personal.

En ese río de sensaciones, en ese mar de inteligentes tentaciones, en ese tumulto de furtivas rutas y también de peligrosas y posibles decepciones, flotan barcas…

…con grandes amigos y amigas a los remos.

noviembre 2, 2010

Madrid

Archivado en: Poesía en potencia — Rafael Nebrera @ 8:25 am

Al levantar el alba se despertó un Madrid desdibujado. Una ciudad dolorosamente resquebrajada. Será que el regreso de un festivo instala esa mirada acuosa en cada uno de los ciudadanos. Rostros grises en sus caminos grises, de cadencia cansada en cada paso, se repartían por doquier ajenos a mi tenacidad a la caza de un colorido nuevo, de una sensibilidad anhelante..

Los colores de las grandes ciudades se esconden en los tejados de los edificios, inalcanzables para el ciudadano común, imposibles de encontrar para los corazones desprovistos de ilusión. Pocas personas arrancan a este maremagno de cristal y aluminio una sonrisa cada día. El resto se limita a dejarse engullir por las grises sensaciones, mientras la corriente de la sensibilidad perdida los arrastra como a simples hojas sin voluntad.

octubre 28, 2010

Amor propio

Archivado en: Cajón desastre — Rafael Nebrera @ 10:58 am

Entre los humildes domicilios de las habitantes de la aldea de mi pecho se levanta, majestuoso, el homenaje a la perfecta imperfección. Allí no hay inclemencias meteorológicas y nada daña el porte altivo de su pose, ni el orgulloso matiz que dibuja su semblante.

Es, en esencia, el justo recordatorio del futuro cercano, la medida exacta de la intuición del pasado. Es, ni más ni menos, el constante memorándum del amor propio sensato, sin vana modestia. Tal como soy, le pese a quien le pese.

octubre 27, 2010

Zona Cero – Ismael Serrano

Archivado en: Sabiduría en frases ajenas — Rafael Nebrera @ 6:07 pm

La Zona Cero está en el alma de occidente,
cerca del corazón, en un solar de Manhattan.
Cayeron los gigantes. Lágrimas de septiembre.
Lágrimas de carne y metal.
El planeta contuvo la respiración.

Los hijos del ocaso se armaron en respuesta.
Que pena que no sepas repartir tu piedad.
También que cada herida en la piel de este planeta
es una Zona Cero que llorar.
Y abres otra herida repitiendo el mismo error.

La Zona Cero sangra en la ruinas de Kabul.
Una boca sin dientes sonríe bajo un burka.
La Zona Cero extiende sus manchas hacia el sur.
Y no hay septiembres ni lamentos
para esta tierra agujereada por el fuego.

Rodeado de alambradas, muy cerca de Belén,
En plena Zona Cero nació el hijo de un dios.
Los olivos se secan y Palestina ve
como bajo los escombros duermen
palomas que se esconden del invierno.

Y ahora tú, mi amor,
pequeña gran superpotencia
despiértame
y dime que las cosas va a marchar bien.
Que sembrarás de flores toda la ciudad.
Que me harás temblar.
Y ahora ven, mi amor,
salgamos a la calle bien temprano
para gritar
que en nuestro nombre nunca deberán cortar
las manos que sembraron,
que dieron calor.
Y si es en su nombre,
yo maldigo a dios.

Desde un hotel contempla la bella Scherezade,
cegada por las llamas, las calles de Bagdagd.
Las mujeres se esconden del lobo en Ciudad Juárez.
Y en un semáforo de Río de Janeiro
los niños comen plomo y papel de celofán.

En África la Zona Cero hincha los vientres
y llenará sus camas de sombras y delirios.
Un indio en una selva hoy sueña con serpientes.
Y en un café de Grozni los más viejos
lloran por la calma que no volverá.

Y ahora tu, mi amor,
pequeña gran superpotencia
despiértame
y dime que las cosas va a marchar bien.
Que sembrarás de flores toda la ciudad.
Que me harás temblar.
Y ahora ven, mi amor,
salgamos a la calle bien temprano
para gritar
que en nuestro nombre nunca deberán cortar
las manos que sembraron,
que dieron calor.
Y si es en su nombre,
yo maldigo a dios.

octubre 25, 2010

Para ella

Archivado en: Poesía en potencia — Rafael Nebrera @ 5:02 pm

El atardecer cae como una cascada de grises ejércitos
que, tercos, enarbolan los estandartes de las antiguas derrotas.
La victoria se levantará en sábado, quizá prendida al cuello de una camisa,
o en el roce de su piel, tersa, en un guiño tras una copa de vino.

Las hordas de soldados escritos con recuerdos
caerán abatidos para alimentar el renacimiento de una nueva vida en vida.
El ave fénix del amor propio resurgirá, surcará cielos, observará caminos,
viajará con firme determinación. Sin lágrimas.

El rencor original, la impresión de soledad, la decepción inesperada…
Todo será pasto de las llamas fruto de un voraz apetito.

La victoria se levantará en sábado, ya no hay duda, quizá en el penúltimo despegue anaranjado,
o en una mirada febril siglos atrás imbuida de puro romanticismo.

Cristalino se erguirá el destino, escrutará y señalará los rumbos.
La decisión llegará tarde, quizá otro sábado sin batallas que librar,
quizá un martes de realidad mundana, o un frenético jueves.

Sea cual fuere la elección si habrá, como debe, una conclusión:
compadre, lacayo, confesor o compañero, pero siempre cerca de vos.

octubre 22, 2010

Reflexiones de un día que podría ser cualquiera, pero fue un 20 de Agosto de 2008

Archivado en: Cajón desastre — Rafael Nebrera @ 9:11 am

Es necesaria una diferente sensibilidad para la observación sensata de las cosas, para el aprendizaje objetivo de los errores cometidos, para el seguimiento, sin filtros deformados, de la verdadera naturaleza del día a día, de los triunfos y fracasos cotidianos. Una vez comprendamos eso quizá seamos capaces de permitir que una lágrima asome bajo el párpado cuando ocurra una tragedia. Solamente así, aprendiendo de nuevo a dejar aflorar el amor primitivo a la vida, quizá logremos que la muerte de nuestros semejantes nos afecte y nos despierte del adormilado ritmo con el que caminamos.

Somos inmunes al dolor extremo, inmunes a las miradas dolidas, inmunes a los llantos de nuestros semejantes, inmunes a los cuerpos calcinados…

Nos vacunaron tiempo atrás contra el mal de pecho y la gripe de alma. Una vacuna progresiva, constante. Una vacuna diaria en formato de 35 milímetros, que nos lleva a paraísos inexistentes y a mundos imaginados, a océanos de sangre en guerras sin cuartel o, incluso, a la autodestrucción… Ya nada nos afecta. Hemos aprendido a lidiar con ejércitos sentados en el sillón, nos hemos convertido en guerreros, con el blasón en forma de pijama y la empuñadura de un mando a distancia. Somos el resultado de tantas y tantas ecuaciones.

El experimento ha sido un éxito señores, mi más sincera enhorabuena. Deshumanizados todos miramos ajenos las tragedias sin demostrar emoción alguna, tras la barrera infranqueable de nuestros hogares, tras la trinchera protectora del cristal líquido, en la más alta torre de nuestra inexpugnable fortaleza, lejos de los lloros, lejos de los lamentos, lejos del imperfecto ser humano anterior a nuestra raza superior… Lejos, muy lejos, de 154 cuerpos calcinados en un lugar llamado Barajas.

octubre 21, 2010

Mi traje

Archivado en: Poesía en potencia — Rafael Nebrera @ 3:28 pm

Hoy llueve. Los paraguas de los colores que perdieron las almas se distribuyen por la ciudad. La policromía de la urbe resalta sobre el gris asfalto mientras el eco de mis pisadas se pierde tras el rugir de un tubo de escape.

Mires donde mires, vayas hacia donde vayas el tiempo parece pararse, y durante un instante eterno la ciudad se detiene. En ese momento aprovecho para reflejarme en la pupila de propios y extraños, aprovecho para susurrar alentadoras palabras de una esperanza ya perdida en el oído de todos los ciudadanos.

Reanudado el vibrar del suelo, reanudados los pasos con chapoteos inaudibles, quedo en el centro del camino. Nadie se extraña de mi quietud, nadie pregunta cuando mi luz se aleja por el aire privada ya de dicha. Me uno a todos en la rutina diaria, envuelto en mi traje de pura soledad particular.

octubre 20, 2010

Ya quisiera yo, por Ismael Serrano.

Archivado en: Sabiduría en frases ajenas — Rafael Nebrera @ 11:13 pm

Ya quisiera yo ser librepensador, no oír el rugir de tripas de tantos, ni su llanto, ni su dolor, establecerme correcto, filósofo, neutral, independiente, manejarme bien con toda la gente. Ya me gustaría a mí alinearme con los no violentos, regalar flores, descalzo, arrancadas de algún tiesto, sin tener que poner la otra mejilla para nadie, a no ser amenazado por ningún indeseable.

El caso es que me afectan las cotidianas tristezas, la de los supermercados, la del metro y las aceras, también las que me quedan lejos, las de los secos desiertos, las de las verdes selvas. El caso es que me parecen buena gente algunos luchadores del ocaso, que se parten el pecho por ser escuchados, que morirán en alguna esquina, tiroteados.

Quisiera ser más listo, pasar de largo, saberme libre de culpa y limpio de pecado, y ser alma caritativa, Maria Goretti o santa, sufrir sólo un poquito, sólo lo que Dios manda. No entender de política, ni de sus actualidades,
convencerme que es red de araña, nido de alacranes, y mutilar mi alma y mi esencia de animal social, saberme superior a tanta frivolidad.

El caso es que me afectan demasiado, la tristeza de los suburbios, el drama urbano, saber que seremos caníbales dentro de poco y que no habrá carne suficiente para todos. El caso es que me afecta, quizá más de lo normal, tener tanto miedo al cruzar mi portal, ver que arde mi ciudad o que sangra el asfalto. Quizá debería ver menos el telediario.

Quisiera ser más listo, adoptar bien la pose, librarme de etiquetas, hasta la de hombre, y entender que sólo yo me entiendo y que no me entiende nadie, ser un buen ciudadano formal y respetable. Omitir de mis canciones palabras como: compañero, obrero, justicia, guerrilla, paz, hambre o miedo, y hablar del amor, de cosas bonitas, de mis recuerdos, contar alguna anécdota graciosa de cuando era quinceañero.

El caso es que me afectan las cotidianas tristezas, la de los supermercados, la del metro y las aceras, también las que me quedan lejos, las de los secos desiertos, las de las verdes selvas. El caso es que me parecen buena gente algunos luchadores del ocaso, que se parten el pecho por ser escuchados, que morirán en alguna esquina, tiroteados..

octubre 19, 2010

Rodrigo Cortés y los sueños también se viven

Archivado en: Cajón desastre — Rafael Nebrera @ 9:06 am

Defensor como soy de vivir los sueños y no sólo limitarnos a soñarlos, no puedo más que maravillarme ante la determinación de este director que fue puerta a puerta de las grandes productoras americanas para ofrecer la posibilidad de grabar su nueva película: Buried

Finalmente logra su objetivo y varias productoras apuestan por el film para convertirse por méritos propios en el objeto de críticas, tanto positivas como negativas, aunque predominando la primeras. Y es que la película no deja indiferente a nadie por sus claustrofóbicos minutos. No obstante, fuera del contenido adecuado o no para unos u otros paladares es digna de elogio y sincera reverencia la perseverancia y constancia de su director que jamás desfalleció para ver su obra en la gran pantalla.

Ni que decir tiene que este joven director no es responsable únicamente de “Buried” y que tiene muchos otros trabajos que le han valido diferentes nominaciones y galardones desde 1998, pero para la inmensa mayoría de la gente ha dejado de ser un desconocido hace más bien poco, o al menos para mí, que no me considero ni de lejos ningún erudito en cine.

Desde aquí quisiera darle la más sincera de mis enhorabuenas pues se convierte en un ejemplo para muchos de los que, como él, deseamos una dedicación total a nuestro sueño, bien sea éste esculpir, actuar, escribir, dirigir o componer.

Gracias Rodrigo. Gracias sinceras por mostrarnos que los caminos tortuosos hacia el destino a veces se ocultan y son difíciles de encontrar, pero siempre están ahí y es sólo cuestión de coraje seguirlos y no perderlos. Gracias.

octubre 18, 2010

Próxima estación

Archivado en: Poesía en potencia — Rafael Nebrera @ 2:03 pm

Un sol apacible riega hoy la tierra que recorro. Esta tierra cansada ya de mis pasos, aburrida de mi presencia casi eterna. Es agradable percibir esta efímera calidez en el rostro mientras camino. Obligada por contrato, la primavera, ha decidido otorgarnos una tregua en pleno rigor invernal.

Son estos días los que permiten el lento caminar y la observación permanente. En busca del primer castaño florecido. En captura del trinar primigenio rebosante de dicha ante la estación adelantada.

Cuando las primeras flores comienzan a despuntar, tímidas en las ramas, también parecen florecer los corazones latiendo desbocados.

- Despierta – le digo en un murmullo apenas audible a ella que aún descansa entre las sábanas, mientras sus ojos, todavía cargados de pereza, me miran atónitos.
- Déjame dormir – responde mi ya envejecida musa mientras se vuelve a ocultar bajo la ropa de cama.

Sé que la primavera siempre le produce cierta felicidad temporal e insisto:

- Te regalo el primer instante de primavera del año – le digo mientras permito que entre la luz por las ventanas al descorrer las cortinas.

Su primera mirada es asesina, dolorosamente cruel. Enfadada por verse obligada a desprenderse de la desidia que todavía paladeaba. Un instante después su sonrisa riega con su luz el dormitorio, dejando en mal lugar incluso la claridad del astro rey.

- Me gusta verte así de feliz.
- Ya sabes que la luz del Sol siempre me sienta bien – me responde, radiante, encajada en el halo luminoso que el reflejo del cristal produce.

Desde nuestro modesto balcón abarcamos las mejores vistas del parque, que, lentamente, se ve salpicado de almas. Los primeros en llegar; aquellos que hacen que la luz sea su negocio, y el tiempo benigno su principal aliado.

La abrazo mientras los dos perdemos la mirada nostálgica en el horizonte. Noto como la calidez de mi piel la envuelve mientras ella, agradecida por la firme protección de mi brazo, se deja caer.

- ¿Recuerdas el parque hace años? – le susurro.
- ¿A qué te refieres? – me pregunta enjuta – Yo lo veo igual que siempre…
- El parque es idéntico – le aseguro mientras comparo mentalmente la imagen de mis recuerdos con la idílica visión de ahora – Son las personas las que han cambiado. Los colores de sus prendas, y las inquietudes de sus vidas…

La miro inquisitivo esperando una respuesta que nunca llega mientras recorro su mirada ausente conocedor de que, en ese preciso instante, está navegando por su memoria.

- ¿Recuerdas al barquillero? – me pregunta al momento.
- Claro que sí, se situaba siempre en el lado derecho de aquella plaza, entre dos bancos – señalo el lugar mientras ella asiente. Y mis oídos parecen escuchar las castizas melodías de antaño con su tintineo característico.
- ¡Allí había un puesto de chocolate con churros! – dice ella señalando el relativamente nuevo puesto de dulces que lo sustituye.
- Casi me parece oler aquel chocolate – un aroma intensamente dulzón me inunda al inspirar profundamente. A la vez cierro los ojos y casi me parece ver de nuevo aquel lugar.

El matrimonio de churreros ataviados con sus uniformes de batalla. Los delantales trabajosamente manchados mientras, raudos, atendían a todo aquel que solicitara sus servicios. Cientos de caras de jóvenes chiquillos me vienen a la memoria, sonrientes, pletóricos, con cierta mirada de júbilo degustando el manjar deseado.

- Cuando el verano se instalaba, despidiendo hasta el siguiente año las frescas mañanas primaverales, quitaban el puesto – le digo mientras continúo contando infantiles rostros felices.
- Es cierto, entonces vendían coco y rajas de sandía – me dice segura.
- Sí, para soportar mejor los sofocos…

Los dos nos volvemos a sumergir en aquella parcela de nuestra mente donde, como ingredientes de una receta milenaria, la memoria se mezcla con los deseos y los recuerdos sazonan el camino recorrido en nuestras vidas, mientras la nostalgia baña todo, como una salsa, dando sabor al plato.

- ¿Te acuerdas del misterioso puesto de adivinación? – mi mirada recorre el gran bulevar, señalando con ella el lugar donde debía estar.
- Claro que sí. Todo el mundo lo miraba pero nadie entraba. Eran tiempos difíciles.

Quiromancia, cartomancia, su futuro por sólo unas monedas… Casi podía volver a leer los grandes rótulos de las cortinas oscuras del puesto. Nadie pasaba al interior. Los paseantes lo miraban, a veces con curiosidad, a veces con cierto desprecio que se podía intuir en sus miradas. En otras ocasiones las miradas sólo denotaban prudencia y, en contados instantes, respeto.

Al caer la noche, sin embargo, la situación se invertía. El curioso se convertía en cliente. El que miraba con desprecio esperaba, oculto en la oscuridad opaca de una sombra, a pasar raudo al interior del tenderete. Prudentes y respetuosos también acudían por doquier.

- Y la mujer que llevaba el puesto. Que con sólo mirarla te sentías desnudo al tener la certeza de que podía ver todo lo que quisiera sobre ti.
- Lo cierto es que parecía emanar un poder indescriptible – respondo con la imagen de aquella robusta señora en el centro de mi sien; el pañuelo sobre la testa, aquellos ojos ceñudos vestidos con maquillaje oscuro, la nariz aguileña y esos prominentes labios con carmín abundante.
- Ahora sin embargo se ha vuelto algo cotidiano, ya ha perdido todo aquel morbo de la incorrección, de lo prohibido – me dice mientras me mira con aquella ternura que sólo ella sabe inspirar.
- Jeje – me río – De tan cotidiano casi parece absurdo. Visite el “adivinódromo” del parque – nuestras risas mezcladas retumban desde la altura. Al mismo tiempo miramos como los diferentes expertos en artes adivinatorias sitúan sus mesas a lo largo del bulevar.

A lo lejos ya aparecen los orientales, con grandes bolsas cargadas sobre los hombros, tirando de ellas con tenaz perseverancia pese a su volumen. Pequeños cuerpos de extrema delgadez, con pesados disfraces sobre sus espaldas…

- ¡Mira!. El ejército oriental dispuesto, un día más, a ganarle el pulso al calor bajo sus cotas de malla y corazas de llamativos colores.
- Pobrecitos – me responde – Hasta en verano van con sus disfraces, ofreciendo abrazos y vendiendo extravagantes globos de formas imposibles.

Entonces la plaza empieza a llenarse de llamativos colores y gigantes sombras. Con las cabezas descubiertas el ejército oriental se reúne en un corro de gruesas siluetas y el líder da instrucciones del lugar que cada uno debe tomar en el parque. Acto seguido parten, en busca del sitio estratégicamente marcado. Una vez tomada cada plaza, cada sendero conquistado, cada recoveco vigilado; finalizan el ritual cubriendo sus cabezas con otras artificiales de formas diversas. Un anaranjado oso con peto rojo. Varios desmesurados ratones, desproporcionados, con gigantescas orejas y ojos brillantes. De otros soy incapaz de reconocer ninguna representación animal, seres en un añil vívido, en fucsias cegadores o incluso luminosos amarillos.

A la caza del niño caprichoso y del incauto padre se lanzan con sus coloridos uniformes. Según vaya avanzando la mañana abrazos y globos se habrán vendido por docenas gracias a las insistencias infantiles.

- Mira – digo rápidamente sacándola de la tenaz observación – Las primeras barcas.

Ella mira a lo lejos el gran lago. Como gotas de agua en un rocío veraniego, una a una las barcas van salpicando la superficie azul.

- Ahora serán pocas las que salgan – me responde – más tarde, a media mañana, todo el lago estará repleto. Esta temperatura traerá cientos de parejas.
- Qué diferente se ve a las gentes – recapacito en voz alta – Esos atuendos, esas ropas. Antaño ver una mujer con pantalón era casi tan difícil como que ellos nos vieran hablar…
- Jiji – me responde con esa risa que aún sigue teniendo cierta cadencia juvenil – Lo cierto es que las cosas han cambiado mucho cariño.

A mi memoria acuden entonces imágenes. Retratos de parejas de otras épocas, descansando en bancos y evitando los rayos del Sol. Hoy, sin embargo, los bancos, tatuados de grecas metálicas, se encuentran vacíos, mientras que los jardines comienzan a albergar a los madrugadores jóvenes.

Entonces caigo en la cuenta de nuestras andanzas. Nuestras peripecias cotidianas, como las de tantos otros. Nuestras carreras, nuestros escondites y movimientos fugaces, evitando miradas y esquivando, raudos, la curiosidad innata de los que nos rodeaban.

- ¿Recuerdas cuando nos respondían las articulaciones, cuando éramos tan veloces como el mismísimo viento? – le pregunto con cierto dolor en las rodillas.
- Claro que lo recuerdo. Eras el más rápido, el más audaz, capaz de conseguir lo que quisieras mientras muchos otros ni siquiera se atrevían. Formó parte de tu atractivo en su momento – una sonrisa socarrona asomó en su boca.
- Fermín también era muy veloz, y te estuvo rondando largo tiempo…
- Pero yo ya tenía el corazón ocupado por otro, el que era y es su mejor amigo – continuó con esa sonrisa mitad burla mitad dulzura.
- Por cierto, ahora que el clima acompaña, deberíamos ir a visitarlo. El año pasado parecía enfermo, necesitará de nuestra ayuda.

Mientras articulo la última sílaba y agoto el aliento, una pareja de jóvenes pasa bajo nuestro humilde hogar. Ajenos a nuestra presencia charlan animadamente sobre la belleza del lugar. Pese a los achaques propios de la edad alcanzo a escuchar una frase fugaz de la conversación rica en gestos que mantienen:

- Solamente queda una pareja de ardillas en el Retiro – dice él, sin darle demasiada importancia aparentemente.

Ella, mi musa, con la mirada acuosa, me mira de soslayo mientras vuelve al hogar.

- Finalmente no podremos visitar a Fermín – pienso – mientras regreso a la madriguera.

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