Un sol apacible riega hoy la tierra que recorro. Esta tierra cansada ya de mis pasos, aburrida de mi presencia casi eterna. Es agradable percibir esta efímera calidez en el rostro mientras camino. Obligada por contrato, la primavera, ha decidido otorgarnos una tregua en pleno rigor invernal.
Son estos días los que permiten el lento caminar y la observación permanente. En busca del primer castaño florecido. En captura del trinar primigenio rebosante de dicha ante la estación adelantada.
Cuando las primeras flores comienzan a despuntar, tímidas en las ramas, también parecen florecer los corazones latiendo desbocados.
- Despierta – le digo en un murmullo apenas audible a ella que aún descansa entre las sábanas, mientras sus ojos, todavía cargados de pereza, me miran atónitos.
- Déjame dormir – responde mi ya envejecida musa mientras se vuelve a ocultar bajo la ropa de cama.
Sé que la primavera siempre le produce cierta felicidad temporal e insisto:
- Te regalo el primer instante de primavera del año – le digo mientras permito que entre la luz por las ventanas al descorrer las cortinas.
Su primera mirada es asesina, dolorosamente cruel. Enfadada por verse obligada a desprenderse de la desidia que todavía paladeaba. Un instante después su sonrisa riega con su luz el dormitorio, dejando en mal lugar incluso la claridad del astro rey.
- Me gusta verte así de feliz.
- Ya sabes que la luz del Sol siempre me sienta bien – me responde, radiante, encajada en el halo luminoso que el reflejo del cristal produce.
Desde nuestro modesto balcón abarcamos las mejores vistas del parque, que, lentamente, se ve salpicado de almas. Los primeros en llegar; aquellos que hacen que la luz sea su negocio, y el tiempo benigno su principal aliado.
La abrazo mientras los dos perdemos la mirada nostálgica en el horizonte. Noto como la calidez de mi piel la envuelve mientras ella, agradecida por la firme protección de mi brazo, se deja caer.
- ¿Recuerdas el parque hace años? – le susurro.
- ¿A qué te refieres? – me pregunta enjuta – Yo lo veo igual que siempre…
- El parque es idéntico – le aseguro mientras comparo mentalmente la imagen de mis recuerdos con la idílica visión de ahora – Son las personas las que han cambiado. Los colores de sus prendas, y las inquietudes de sus vidas…
La miro inquisitivo esperando una respuesta que nunca llega mientras recorro su mirada ausente conocedor de que, en ese preciso instante, está navegando por su memoria.
- ¿Recuerdas al barquillero? – me pregunta al momento.
- Claro que sí, se situaba siempre en el lado derecho de aquella plaza, entre dos bancos – señalo el lugar mientras ella asiente. Y mis oídos parecen escuchar las castizas melodías de antaño con su tintineo característico.
- ¡Allí había un puesto de chocolate con churros! – dice ella señalando el relativamente nuevo puesto de dulces que lo sustituye.
- Casi me parece oler aquel chocolate – un aroma intensamente dulzón me inunda al inspirar profundamente. A la vez cierro los ojos y casi me parece ver de nuevo aquel lugar.
El matrimonio de churreros ataviados con sus uniformes de batalla. Los delantales trabajosamente manchados mientras, raudos, atendían a todo aquel que solicitara sus servicios. Cientos de caras de jóvenes chiquillos me vienen a la memoria, sonrientes, pletóricos, con cierta mirada de júbilo degustando el manjar deseado.
- Cuando el verano se instalaba, despidiendo hasta el siguiente año las frescas mañanas primaverales, quitaban el puesto – le digo mientras continúo contando infantiles rostros felices.
- Es cierto, entonces vendían coco y rajas de sandía – me dice segura.
- Sí, para soportar mejor los sofocos…
Los dos nos volvemos a sumergir en aquella parcela de nuestra mente donde, como ingredientes de una receta milenaria, la memoria se mezcla con los deseos y los recuerdos sazonan el camino recorrido en nuestras vidas, mientras la nostalgia baña todo, como una salsa, dando sabor al plato.
- ¿Te acuerdas del misterioso puesto de adivinación? – mi mirada recorre el gran bulevar, señalando con ella el lugar donde debía estar.
- Claro que sí. Todo el mundo lo miraba pero nadie entraba. Eran tiempos difíciles.
Quiromancia, cartomancia, su futuro por sólo unas monedas… Casi podía volver a leer los grandes rótulos de las cortinas oscuras del puesto. Nadie pasaba al interior. Los paseantes lo miraban, a veces con curiosidad, a veces con cierto desprecio que se podía intuir en sus miradas. En otras ocasiones las miradas sólo denotaban prudencia y, en contados instantes, respeto.
Al caer la noche, sin embargo, la situación se invertía. El curioso se convertía en cliente. El que miraba con desprecio esperaba, oculto en la oscuridad opaca de una sombra, a pasar raudo al interior del tenderete. Prudentes y respetuosos también acudían por doquier.
- Y la mujer que llevaba el puesto. Que con sólo mirarla te sentías desnudo al tener la certeza de que podía ver todo lo que quisiera sobre ti.
- Lo cierto es que parecía emanar un poder indescriptible – respondo con la imagen de aquella robusta señora en el centro de mi sien; el pañuelo sobre la testa, aquellos ojos ceñudos vestidos con maquillaje oscuro, la nariz aguileña y esos prominentes labios con carmín abundante.
- Ahora sin embargo se ha vuelto algo cotidiano, ya ha perdido todo aquel morbo de la incorrección, de lo prohibido – me dice mientras me mira con aquella ternura que sólo ella sabe inspirar.
- Jeje – me río – De tan cotidiano casi parece absurdo. Visite el “adivinódromo” del parque – nuestras risas mezcladas retumban desde la altura. Al mismo tiempo miramos como los diferentes expertos en artes adivinatorias sitúan sus mesas a lo largo del bulevar.
A lo lejos ya aparecen los orientales, con grandes bolsas cargadas sobre los hombros, tirando de ellas con tenaz perseverancia pese a su volumen. Pequeños cuerpos de extrema delgadez, con pesados disfraces sobre sus espaldas…
- ¡Mira!. El ejército oriental dispuesto, un día más, a ganarle el pulso al calor bajo sus cotas de malla y corazas de llamativos colores.
- Pobrecitos – me responde – Hasta en verano van con sus disfraces, ofreciendo abrazos y vendiendo extravagantes globos de formas imposibles.
Entonces la plaza empieza a llenarse de llamativos colores y gigantes sombras. Con las cabezas descubiertas el ejército oriental se reúne en un corro de gruesas siluetas y el líder da instrucciones del lugar que cada uno debe tomar en el parque. Acto seguido parten, en busca del sitio estratégicamente marcado. Una vez tomada cada plaza, cada sendero conquistado, cada recoveco vigilado; finalizan el ritual cubriendo sus cabezas con otras artificiales de formas diversas. Un anaranjado oso con peto rojo. Varios desmesurados ratones, desproporcionados, con gigantescas orejas y ojos brillantes. De otros soy incapaz de reconocer ninguna representación animal, seres en un añil vívido, en fucsias cegadores o incluso luminosos amarillos.
A la caza del niño caprichoso y del incauto padre se lanzan con sus coloridos uniformes. Según vaya avanzando la mañana abrazos y globos se habrán vendido por docenas gracias a las insistencias infantiles.
- Mira – digo rápidamente sacándola de la tenaz observación – Las primeras barcas.
Ella mira a lo lejos el gran lago. Como gotas de agua en un rocío veraniego, una a una las barcas van salpicando la superficie azul.
- Ahora serán pocas las que salgan – me responde – más tarde, a media mañana, todo el lago estará repleto. Esta temperatura traerá cientos de parejas.
- Qué diferente se ve a las gentes – recapacito en voz alta – Esos atuendos, esas ropas. Antaño ver una mujer con pantalón era casi tan difícil como que ellos nos vieran hablar…
- Jiji – me responde con esa risa que aún sigue teniendo cierta cadencia juvenil – Lo cierto es que las cosas han cambiado mucho cariño.
A mi memoria acuden entonces imágenes. Retratos de parejas de otras épocas, descansando en bancos y evitando los rayos del Sol. Hoy, sin embargo, los bancos, tatuados de grecas metálicas, se encuentran vacíos, mientras que los jardines comienzan a albergar a los madrugadores jóvenes.
Entonces caigo en la cuenta de nuestras andanzas. Nuestras peripecias cotidianas, como las de tantos otros. Nuestras carreras, nuestros escondites y movimientos fugaces, evitando miradas y esquivando, raudos, la curiosidad innata de los que nos rodeaban.
- ¿Recuerdas cuando nos respondían las articulaciones, cuando éramos tan veloces como el mismísimo viento? – le pregunto con cierto dolor en las rodillas.
- Claro que lo recuerdo. Eras el más rápido, el más audaz, capaz de conseguir lo que quisieras mientras muchos otros ni siquiera se atrevían. Formó parte de tu atractivo en su momento – una sonrisa socarrona asomó en su boca.
- Fermín también era muy veloz, y te estuvo rondando largo tiempo…
- Pero yo ya tenía el corazón ocupado por otro, el que era y es su mejor amigo – continuó con esa sonrisa mitad burla mitad dulzura.
- Por cierto, ahora que el clima acompaña, deberíamos ir a visitarlo. El año pasado parecía enfermo, necesitará de nuestra ayuda.
Mientras articulo la última sílaba y agoto el aliento, una pareja de jóvenes pasa bajo nuestro humilde hogar. Ajenos a nuestra presencia charlan animadamente sobre la belleza del lugar. Pese a los achaques propios de la edad alcanzo a escuchar una frase fugaz de la conversación rica en gestos que mantienen:
- Solamente queda una pareja de ardillas en el Retiro – dice él, sin darle demasiada importancia aparentemente.
Ella, mi musa, con la mirada acuosa, me mira de soslayo mientras vuelve al hogar.
- Finalmente no podremos visitar a Fermín – pienso – mientras regreso a la madriguera.